Nací con vocación de pizzera. De pequeña, lo mío era hacer pastitas y que me pillaran con las manos en la masa.
Cuando tuve que escoger profesión, elegí —sin demasiado criterio— convertirme en politóloga. Nunca amé mi trabajo, así que los fines de semana cogía la furgo y me escapaba a los Pirineos. El alpinismo me permitió sobrevivir emocionalmente durante unos años, pero…
Me cansé de coronar tresmiles, y mi corazón me llevó a ser profesora de yoga. Fue una etapa llena de aprendizajes que cambiaron mi forma de entender (y vivir) la vida.
Hasta que un día, después de cuarenta años devorando libros, descubrí que mi gran pasión era escribir.
Cuando encuentras tu pasión, tu propósito o como sea que quieras llamarlo, tienes dos opciones:
Seguirlo.
O dejarlo escapar.